lunes, 30 de enero de 2012

El mapa del tesoro.





Todos recordamos ese libro que nos enseñó a navegar entre hojas, a cambiar el color de la tinta por el de las aventuras que iban flotando en cada párrafo, enseñándonos a mecernos al ritmo de las palabras.
Para mí como para tantas y tantos, fue La isla del Tesoro, de Robert. Louis Stevenson.

Las tardes de invierno se hacían largas, me cansaba pronto de jugar y el torbellino de energía infantil sin límite que era no encontraba con qué desbordarse.
Entonces mi abuela liberó el mar de una estantería, colocó dos sillas frente a la cocina de carbón y empezó a leer en alto o a hacer magia, que viene a ser lo mismo que detener el tiempo y enmarcarlo con tapas duras.
Recuerdo como sonreía al ver mis ojos abiertos de par en par, no quería interrumpirla ni siquiera con un pestañeo.
Después de un rato, me alcanzaba el libro, atizaba el fuego, se ponía a coser escuchando las voces que inventaba para cada personaje, mientras la cocina se iba llenando de piratas.

No recuerdo las veces que lo leímos, quería memorizar cuanto pudiera, sabiendo que allí estaba el mapa del tesoro.
Creo que nunca llegué a decírselo, pero estoy segura que mi abuela siempre supo, que fue su voz la que abrió el cofre.

Susana Del Llano.

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