Es el viento negro- replicó tristemente-. Se tiene la impresión de que hay que hacer algo, pero no se sabe qué.
Olalla. Robert Louis Stevenson.
Me ronda la cabeza una idea tsé-tsé y no sé no sé, como taquigrafiar su vuelo. Podría llamarla así, Viento Negro y empezar contando como se cuela entre las rendijas de los muros donde ni una hormiga diminuta encontraría alojamiento. Hace retumbar el vidrio de los cristales, burlando la guardia de las contraventanas, haciendo bailar los visillos con su mano enguantada. Llega hasta el escritorio para soplarme la nuca y reírse de quién pretende esbozar en la vigilia, lo inefable de un sueño con un lápiz mal tajado. Acabo de darme cuenta del error, no puede llamarse viento negro porque ése no es el color de tus pestañas.
Todos recordamos ese libro que nos enseñó a navegar entre hojas, a cambiar el color de la tinta por el de las aventuras que iban flotando en cada párrafo, enseñándonos a mecernos al ritmo de las palabras. Para mí como para tantas y tantos, fue La isla del Tesoro, de Robert. Louis Stevenson.
Las tardes de invierno se hacían largas, me cansaba pronto de jugar y el torbellino de energía infantil sin límite que era no encontraba con qué desbordarse. Entonces mi abuela liberó el mar de una estantería, colocó dos sillas frente a la cocina de carbón y empezó a leer en alto o a hacer magia, que viene a ser lo mismo que detener el tiempo y enmarcarlo con tapas duras. Recuerdo como sonreía al ver mis ojos abiertos de par en par, no quería interrumpirla ni siquiera con un pestañeo. Después de un rato, me alcanzaba el libro, atizaba el fuego, se ponía a coser escuchando las voces que inventaba para cada personaje, mientras la cocina se iba llenando de piratas.
No recuerdo las veces que lo leímos, quería memorizar cuanto pudiera, sabiendo que allí estaba el mapa del tesoro. Creo que nunca llegué a decírselo, pero estoy segura que mi abuela siempre supo, que fue su voz la que abrió el cofre.
il y'a des chances que rien n'bouge ou elle va cet ombre ?
Un fantasma de hojalata.
He condenado las sílabas de tu nombre, atándolas en un suspiro de lengua pastosa, como la sed del que no se levanta a beber, por no cortarle las alas al sueño, mientras va dejando que dos pronombres, escalen como arañas por la garganta
Estoy cavándoles entre líneas, una sepultura en el aire, soltando el cabo de esta página, que pesa sobre la mesita igual que un fantasma de hojalata.
A menos que con tus labios, los que no son de papel, decidas atarte a los míos, enterraré esta mentira en el fondo. Esta es la conclusión más lógica, porque una verdad así, debería quemarnos las manos y la garganta.
Con la certeza de los imanes te invoco, con todo el lenguaje no articulable que conozco y que me invento sobre la marcha, a veces, incluso salen cosas hermosas de las mazmorras, ¿quién lo diría? ése eres tú, probablemente, girando el timón de mis manos, estas a las que tanto les gusta coser criaturas con retales siniestros. ¡Que peligro entraña la costura!, escribir, coser...
Palabra de bruja, pensaba yo también, que se trataba de lo primero ¿qué clase de hechizo tornó la pluma en aguja de coser piel humana?. ¿Qué ingrediente se coló en la retorta alterándo(nos) el resultado?, haz memoria, quizás trajiste mandrágora por jengibre o no cayeron en la marmita, las espinas de la rosa de los abismos, no me lo explico. Mira que he(mos) leído sobre fenómenos de posesión ficciónica. Un arquetipo, el personaje que se niega a la muerte que el autor piensa darle ¿para qué sirve tanta lectura, tanto mito?, si no sabemos o no sé (como tampoco sé en que persona escribo) quién de los dos es Prometeo.
Lo enrevesado del asunto es que no es un personaje, son dos pronombres con mil disfraces o es una historia que esperaba ser nombrada para existir sin ser o ser sin existir.¡Véte tú a saber!. La cuestión es que está vivo, se alimenta de pulsaciones, roba letras, se fuma mis cigarrillos y te filtra en mi sangre. Ahora tengo que dejarte asomar cuando te apetece y que te pelees desnudo con el resto de alter- egos que me viste. Lo siento, pero no pienso devolverte la muda, al menos por ahora, es suave, caliente y de mi talla.
Susana Del Llano.
martes, 17 de enero de 2012
Laberintos de Kinestesia
En un laberinto, escondido como un secreto guardamos el equilibrio, como si la estabilidad dependiera del peso de la voz, cuidando que el tono pese lo que pesa una flor, para no inclinar demasiado la balanza hacia los barrancos de la derrota.
Bailando de puntillas, es pura contradicción que el giro lo conduzca la cabeza, todo ese ruido de los sentidos desordenados, el zumbido de una vibración sostenida por alfileres de anhelos con rima asonante.
El vértigo, el vértigo es el eco devolviendo resonancias, buscando marcos de papel en pentagramas, por esta manía atroz de traducir notas a tinta, atentados de poeta en laberinto que desafina, que araña, que rasga hasta la distorsión y la afonía el viento.
Máquinas orgánicas transcribiendo señales de sensación a lenguaje electrónico, con toda esa energía que sólo podemos transformar constantemente ¿por qué no me daría por aprender solfeo en lugar de danza?, y así no marearme, ordenar el sonido en una escala sin notas discordantes, llenar los huecos con latidos para que no arañe el eco, al intentar encerrarlo en una caricia.
Aprender a tararear sin despegar los labios, sabiendo que existe una canción que se canta a dos voces pero siempre se escucha a solas y de lejos.
“El sentido del tacto aporta la posibilidad de llegar al mundo de lo tangible, a través de las percepciones táctiles se nos muestra la realidad y la noción del mundo exterior, por consiguiente la diferenciación de los objetos que están fuera de nosotros.”
Desarrollo sensorial; Desarrollo cognitivo y motor.
¿Qué pasa cuando alguien, se mete debajo de nuestra piel, debajo de esta realidad de cuero que somos y nos protege de andar por ahí en carne viva? . Nadie puede tocarse el corazón aunque sepa el lugar exacto donde se encuentra, aunque lo sintamos latir, galopar a veces, encogerse… Cuando alguien se mete bajo nuestra piel acaba por diluirse en la sangre. Se acaba o se empieza por ser cuatro ojos, cuatro oídos, un millar de pensamientos encadenados , unas manos en paro, una piel huérfana de caricias , un yo sin nociones , sin los límites de tu cuerpo, sin el nosotros que encierra el tacto.
Mañana preguntaré en la farmacia si venden parches para dejar de fumarte cada vez que respiro.
Suele ocurrirme al revés, primero la historia y luego el título. Esta vez, me asaltó el título y se quedó agazapado, esperando una noche de luna como esta. Hablé entre vinos de la historia atascada y quedé debiéndola a José Havel, que tiene la habilidad de empujar a los retos. Otro amigo, Diego Medrano,discípulo del martirilogio constante, muy caballeresco él, me lanzó un guante envuelto en una extraña felicitación navideña :¿es el vampiro con cara de gitano o el gitano con cara de vampiro?,le sigue una larga divagación que no reproduzco.
Para los dos y para el resto del equipo de transfusiones:
Un vampiro en mis geranios.
Abrí el balcón para regar las plantas, reparando en unos ojos rojos y diminutos contenidos en una sombra. Acostumbrando la vista a la oscuridad (tiempos de crisis, recorte de alumbrado público), discerní un murciélago chiquitito entre mis geranios. Entra, le dije (demasiadas películas de vampiros), juro que aquellos ojos me miraron y diría que perplejos si se le puede atribuir esa cualidad a los ojos de un murciélago, tengo mis dudas. Aparté la vista para arrancar unas hojas secas de otra maceta y aquellos ojos ya no estaban.
Dentro, tirada en el sofá, encendí un cigarillo, apurando las caladas como quién apura bocanadas de orgasmo.
Fumadora, perfecto, uno de los placeres que añoro, tu sangre me sabrá a gloria.
Volví la vista a la esquina y el murciélago de ojos rojos mutó en un vampiro alto, moreno, agitanado de ojos verdes con vetas de rojo.
Podías gritar, correr para que te persiga, tratar de huir en vano, pero al menos inténtalo,¡coño!,¡ sorpréndete, que se yo…¡y encima te ríes!, ¿seguro que eso es un cigarro?, yo de drogas paso.
Debería decirte que sí para que te vayas, ya que te invite a entrar, tendré también que invitarte a algo y ambos sabemos lo que bebes.
Así?, ¿ya está?, ves un vampiro materializarse en tu salón y ¿no tienes nada que preguntarme?.
¿Cómo te llamas?
Federico, no es mi verdadero nombre, ése ya no lo recuerdo. Leí a Lorca , se metió bajo mi piel y preferí arrancarme el nombre.
¿Sabes cómo malvivo?, le pregunté, soy escritora y mis ficciones, chupan lo que queda de mi sangre , la que no se lleva el banco, todas las noches, el resto se me derrama en los versos, que van directos al cuello, como los de Lorca, por ejemplo ,algunos litros los malgasto en quimeras, otros los comparto en transfusiones recíprocas con mis colegas de la pluma y las pasiones de tinta. ¿Quieres la que queda?, poso agrio, no vale la pena.
Voy a tomarme un chupito con tu vecina, vuelvo volando, ¿me leerás algo'.
Hacer y deshacer a golpe de pluma, a tormenta de ideas, a huracán de versos. Sastres de ficciones vistiendo esqueletos humeantes, recién salidos del armario de las pesadillas o de los sueños, nunca se sabe. Crash, crash, el estallido explotando entre las manos, como un relámpago, suficiente una milésima de segundo, para temblar elevado a infinito, más que suficiente. Darle la vuelta al forro de la vida, coserse la sombra para que no se pierda confundida entre el serse, y el no estarse quieta para no ser nunca una.
La que caza destellos y les pone nombre cuando se queda a oscuras, la que se sienta a la mesa y escribe: Érase una vez la que vive en un castillo, la serpiente de escamas de estilete, Érase una vez el reino de las nieves y Érase un vampiro entre mis geranios, y un mundo microscópico en una pelusa, con millones de habitantes, con sus millones de historias escondida en una esquina. El Big-bang silencioso en las pupilas, el código morse de las pestañas, el león albino y la fiereza bajo el pelaje de los anodinos, el licántropo etílico, el Frankenstein de hojalata, Érase la bruja del oeste haciendo caldo con todos ellos, hirviendo el puchero de los disparates, vamos a contar mentiras tralará, te voy a contar un cuento, el de la vendedora de fósforos, el de la cenicienta al teclado, el de Alicia en el laberinto de tinta china. Érase todo esperando, latiendo, retumbando bajo una hoja en blanco y una dimensión temporal, un umbral paralelo que se abre al llegar a casa y cerrar la puerta y colorín colorado, la historia interminable
Palabras atan tambores en el tablero, pero que fácil en invierno escaparse de las casillas del mundo, blanca, negra, blanca, ¿sabes el color que pisas bajo la nieve?, blanco, blanco, blanco, si acierto será rojo, nunca negro. Las ficciones de noche siempre vivas, en un papel blanco, con la tinta que elijas, por otro lado realidades de papel,carney huesos que podemos acariciar con el deshielo. Hay que elegir bien a cual de ellas se acerca la cerilla, alguien dijo que todo lo que arde está vivo ¿que incendio nos pertenece?,
Es completamente absurdo que bajo las mantas un bulto de aire ocupe tu espacio exacto, que sea tu voz la que lee conmigo en la cama ése libro que quisiera no terminar nunca porque siempre te nombra. Que tengas en la punta de la lengua mis suspiros y tal vez no seas consciente de haberme robado el aliento, de haberme arrancado las palabras, las canciones, las películas, las fotos en sepia que guardaba en un álbum de lugares conocidos en sueños. Los arrojas al aire de la noche, desatando un vendaval de alfileres de hielo y te odio porque dueles, porque eres una casualidad entre un millón, eres ese hueco a mi lado en las fotos en sepia y no tienes derecho a decirme que existes con mis propios suspiros .No tienes derecho no, a invocarme con mis propias promesas si no vas a bautizarlas jamás con mi nombre. Y todo es tan hermoso y tan absurdo como imposible es pensar que encontrases en el fondo del mar las llaves del castillo y que tal vez (un tal vez minúsculo y borroso), llevases ya tiempo esperándome dentro.