lunes, 7 de mayo de 2012


                                         


Ajuar Funerario.
 Fernando Iwasaki. Editorial Páginas de espuma. 2004. Madrid.


Hay que ser raudo cazador del detalle, domador virtuoso del sarcasmo para contar así, con guante de esparto pero guante blanco. Iwasaki nos sumerge en la oscuridad de sus personajes disfrazando de aparente sencillez una prosa muy trabajada. Es capaz de mostrar la maldad absoluta a través de los ojos de la inocencia o de vestirnos valiéndose de la primera persona, con la piel del monstruo.

Con guiños de lector voraz del género, de cinéfilo y espectador no inmunizado de telediarios, que se adivinan a través del estilo coloquial, breve, y siempre certero.
El miedo, no sólo brota de lo inesperado, el miedo también puede surgir de lo habitual.
Todo el mundo conoce a la perfección los ruidos de su casa, el zumbido de la nevera, los crujidos de la madera que se ensancha, el tic-tac de un reloj en la madrugada…
Sonidos que por cotidianos dejamos de tener en cuenta hasta que sumergidos de lleno en la lectura, acaban por sobresaltarnos.
Esto es lo que ocurre con Ajuar Funerario. Algunas historias son ecos de leyendas urbanas, otras bien podrían ser el contenido de un programa truculento de casos reales. Bocados de pesadilla, exquisitamente macerados en humor, melancolía, y fiereza , extrañas combinaciones que sólo puede concebir un contador de historias nato.
 Alguien con un tono personal, que demuestra en cada relato como el terror, hay que interiorizarlo, batirlo en el estómago para dar con los ingredientes que consigan la contención del aliento hasta llegar al punto y final del relato.

 Están advertidos: si abren las páginas de Ajuar funerario a la luz de una lámpara de noche, puede que cada crujido de la madera sea el sonido de unos pasos que se aproximan.