
Despertaron tras la fiesta, con la resaca del alcohol y los cigarrillos latiendo en las sienes. En la boca, los restos de una canción de humo.
Cantado, es lo único que recuerdan, se fueron quedando dormidos, cada uno con el sabor de una melodía diferente en los labios.
Se miraron despacio unos a otros, buscando en el fondo de las pupilas los recuerdos, que habían perdido horas antes.
Si hubiera habido algún católico en la sala, probablemente hablaría de maldición, de castigo divino, véase profanación de lugar sagrado para fiesta pagana, concretamente la más pagana de todas, la que celebra el recubrimiento de los huesos como un día lo celebrarán con nosotros los gusanos.
Ninguno pensaba en aquello como una condena, ni mucho menos. Al fin y al cabo, aunque pocos lo confiesen, nadie es la misma persona durante todo un día, ni quiere serlo. Tampoco ninguna ciudad es la misma ya que dicen, son las personas las que hacen las ciudades,
Por eso mucho antes de abrir la puerta, supieron donde se encontraban. Por eso y por la colección de muñequitos de trapo que parecían alfileteros dispuestos sobre el altar, vestidos exactamente igual que todos ellos.
Se guardaron las preguntas en los bolsillos de sus nuevos trajes. Sirvieron un río de Bourbon, dejando que el jazz envolviera sus tobillos.
Él, apoyado en una esquina, con medio cuerpo oculto por la penumbra, la miraba solapado bajo el ala del sombrero.
Ella, sabiendo que esta vez estaban en la ciudad adecuada, caminó decidida a envolverse con él en la penumbra.
Después de todo, aquella podía ser la última noche y siempre había querido pasear a orillas del Mississippi, en tono sepia.
Susana Del Llano.
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