
La cuarta pared desnuda.
Mi cuarto, en la casa paterna, daba a un patio de luces sombrío. Si la vecina de enfrente encendía la luz, podía ver todo lo que pasaba en el interior de su habitación, estaba tan cerca, que casi parecía una prolongación más de la casa al final de un pasillo de aire.
Como una obscena y recíproca intrusión de la intimidad en la que se imponía el uso de cortinas., reduciendo mi espacio a tres paredes y una ventana inútil, tapiada por telas.
En mi hogar, la luz entra a raudales y aún de noche, las cortinas siguen encogidas a los lados del ventanal, resignadas a no desplegarse.
Sería un sacrilegio tapar el cielo, no poder contar estrellas y murciélagos ni observar esa niebla densa que algunas noches cubre los jardines, disfrazándolo todo de película de terror, con esa música silenciosa de la quietud más inquietante.
Al otro lado de los jardines, tras una distancia que es un mundo, hay edificios, ocultos por la hojarasca, hasta que el otoño desnuda los árboles y la intimidad del vecindario exponiendo las ventanas de los más noctámbulos, aquellos que arañan las últimas horas y aún tienen la luz encendida.
Entre las ramas desnudas, se adivinan sombras, contornos de los que miran la noche, desvelando que no soy la única que disfruta del panorama.
En mi barrio, nadie usa cortinas y nadie mira dentro de las casas.
Susana Del Llano.
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